La paloma de la paz de Picasso: por qué la pintó y por qué fue elegida

Casi todo el mundo sabría dibujarla. Unas pocas líneas, las alas abiertas, a veces una rama de olivo en el pico. La paloma de la paz de Picasso es una de esas imágenes que parecen haber existido siempre, como si nadie las hubiera inventado.

Pero alguien la inventó. Y lo curioso es que la primera paloma que Picasso entregó al mundo no se parecía en nada a la que hoy todos tenemos en la cabeza. Ni siquiera la dibujó pensando en la paz.

Un pintor que creció entre palomas

La historia empieza mucho antes, en Málaga. El padre de Picasso, José Ruiz Blasco, era pintor y profesor de dibujo, y tenía debilidad por las palomas. Las criaba en casa, en la plaza de la Merced, y las pintaba una y otra vez. El pequeño Pablo aprendió a dibujar mirándolas. En la familia se contaba que, de niño, su padre le dejaba terminar las patas de las palomas de sus cuadros.

Picasso nunca perdió ese cariño. Durante toda su vida tuvo animales cerca: perros, gatos, una cabra, una lechuza. Y palomas, siempre palomas.

Una paloma que no buscaba ser un símbolo

Por aquellos años, Henri Matisse, amigo y eterno rival de Picasso, le regaló unas palomas de raza milanesa. Eran blancas, con las patas cubiertas de plumas, como si llevaran unos pequeños botines. Picasso las instaló en su estudio de París.

El 9 de enero de 1949, en el taller del impresor Fernand Mourlot, dibujó una de ellas sobre una piedra litográfica. El resultado fue un retrato casi realista: una paloma quieta, de perfil, con el plumaje trabajado con enorme delicadeza sobre un fondo negro. No llevaba rama de olivo ni estaba volando. Era, simplemente, la paloma que tenía en casa.

El impresor Mourlot, que había visto pasar por su taller a los grandes artistas de su tiempo, diría que aquella era una de las litografías más bellas que se habían hecho nunca.

Por qué eligieron esta paloma

Aquel invierno, en París se preparaba el Congreso Mundial de Partidarios de la Paz. Habían pasado apenas cuatro años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa seguía reconstruyéndose y el miedo a un nuevo conflicto, esta vez con armas atómicas, estaba muy presente.

Picasso apoyaba aquel movimiento desde el principio, y uno de sus organizadores era su amigo, el poeta Louis Aragon. A él le tocó encontrar la imagen para el cartel del congreso. Cuenta la historia que Aragon pasó por el estudio de Picasso, se puso a hojear las litografías más recientes y, al llegar a la paloma, se detuvo. No hizo falta seguir buscando.

¿Por qué esa? Porque lo tenía todo sin pretenderlo. La paloma blanca era ya un símbolo de paz desde hacía miles de años, desde el relato bíblico de Noé, cuando una paloma vuelve al arca con una rama de olivo para anunciar que el diluvio ha terminado. Y la de Picasso transmitía exactamente eso: calma, pureza, una especie de respiro después de la tormenta. No había en ella nada agresivo ni triunfal. Solo serenidad.

Picasso aceptó. El 20 de abril de 1949 se inauguró el congreso, y su paloma apareció en las calles de París y, muy pronto, en carteles de medio mundo.

Una niña llamada Paloma

Ese mismo mes ocurrió algo que convirtió aquella imagen en algo mucho más personal. El 19 de abril, la víspera de la inauguración, nació la hija de Picasso y la pintora Françoise Gilot. La llamaron Paloma.

En apenas unas horas, la palabra pasó a significar para él dos cosas a la vez: el símbolo que el mundo empezaba a hacer suyo y el nombre de su hija recién nacida. Paloma Picasso lo ha llevado toda la vida, y pocas veces una obra de arte y una historia familiar han quedado tan unidas.

Primero una paloma quieta, después la paloma que vuela

Aquí está la parte que mucha gente desconoce. La paloma de 1949 no es la que hoy reconocemos como «la paloma de la paz de Picasso».

Al año siguiente se convocó un segundo congreso por la paz, que debía celebrarse en Sheffield, en Inglaterra, en noviembre de 1950. Esta vez Picasso dibujó una paloma nueva pensada desde el principio para ese fin: ya no posada, sino en pleno vuelo, con las alas abiertas y muchos menos detalles. Allí, en Sheffield, pronunció una frase que se haría famosa: «Estoy a favor de la vida contra la muerte; estoy a favor de la paz contra la guerra».

A partir de ese momento, la paloma fue cambiando con él. En los carteles de los congresos que vinieron después, en Viena, en Estocolmo, en Roma, cada versión era más sencilla que la anterior. Las plumas desaparecieron, el contorno se volvió una línea limpia, a veces trazada de un solo gesto, y en muchas apareció la rama de olivo en el pico. Picasso fue quitando todo lo que sobraba hasta dejar solo lo esencial.

Y ese fue el gran acierto. Una paloma dibujada con tres o cuatro líneas puede pintarla cualquiera: un niño en el colegio, una persona en una pancarta, alguien en una pared. Así es como un dibujo deja de pertenecer a su autor y pasa a pertenecer a todos.

Lo que significa hoy la paloma de Picasso

Más de setenta años después, la paloma sigue apareciendo cada vez que alguien quiere hablar de paz sin necesidad de palabras. Sale en manifestaciones, en escuelas, en carteles de todo el mundo. Muchas personas la dibujan sin saber siquiera que es de Picasso.

Quizá ese sea su mayor logro. Picasso, el artista que rompió todas las reglas de la pintura, acabó regalándonos su imagen más sencilla. Una paloma blanca que empezó siendo el retrato de un animal querido en un estudio de París y terminó convertida en un deseo compartido por millones de personas.

Las palomas de Picasso en tu casa

En Picasso Artworks trabajamos con reproducciones oficiales autorizadas por la Sucesión Picasso de París. Las palomas tienen para nosotros un significado especial: somos de Málaga, y sentimos que esta historia también empezó un poco aquí.

En nuestra colección de palomas de Picasso encontrarás la Colombe de la Paix, la Colombe Bleue, Visage de Paix, Colombe Festival de la Jeunesse y Colombe Avenir.

Regalar una paloma de Picasso es regalar un deseo muy sencillo y muy antiguo: que haya paz en esa casa.

Y si algún día pasas por Málaga, acércate a la plaza de la Merced, frente a la casa donde nació Picasso. Las palomas siguen allí, como hace casi siglo y medio. Ellas no lo saben, pero todo empezó con ellas.